Hoy ha vuelto a suceder, incontenible e irrefrenable. Un borbotón de sensaciones de felicidad y plenitud han chocado de lleno con la satisfacción auditiva que me provocaba escuchar la primera grabación de uno de los temas de Quimérica. Se produjo la catástrofe. Los nervios se rinden, el corazón se hace a un lado, los ojos se inundan y caigo desplomado con la misma consistencia que lo hiciera un vulgar trapo. Si esto se convierte en una maravillosa costumbre estímulo-respuesta tendré que consultarlo con un especialista. Tanto paroxismo no debe ser bueno, pese a las propiedades terapéuticas del llanto y la risa por separado, y que de seguro unidas han de amplificarse mutua y sinérgicamente, se evidencia que ha de tener consecuencias devastadoras para la mente, pues algo no puede ser tan bueno, tan intenso y tan aterrador y que no te joda de alguna forma.
Posiblemente nadie entienda lo anteriormente indicado, lo cual no me parecería extraño, pues casi no lo comprendo ni yo que lo escribo y padezco (no por este orden). Pero supongo que puede, si no explicarse, al menos mostrarse de manera más entendible. En realidad la explicación es simple: 5 años esperando que suceda algo son muchos años, y más si es el fruto de tu esfuerzo creativo (dije esfuerzo?); si el resultado después de tanto tiempo te llena, te maravilla y te entusiasma, todo se amplifica (mutua y sinérgicamente también) y al final es demasiado contundente para contenerlo dentro de un cuerpo. Así pues pasa lo que pasa.
Llorarreir es la mejor terapia del mundo, tanto que empiezo a creer que tiene bastantes posibilidades de desbancar al orgasmo.
Hace siglos que no escribo nada en el blog. Vaya mierdazo. No es si no el más claro recordatorio de que sigo teniendo una deuda escritora conmigo, la más pesada y poco agradable de cuantas penden de mi inconsistencia; léase: voluntad.
Lo que verdaderamente me ha asustado es ver que la última entrada data nada menos que de marzo del año pasado, lo cual, en caso de descuido, hubiera significado un año. Rápidamente he decidido que no era posible, que debía escribir algo para aliviar mi conciencia privándola de soportar la dura idea de que había pasado un puto año sin escribir en el blog. De ningún modo. No acabo casi nada de lo que empiezo, pero hasta para la más absoluta dejadez hay reglas inquebrantables, y la más importante de todas ella es: Nada cae en el olvido para siempre; asumirlo sería una gravísima afrenta contra mí mismo, asumir que una parte ha muerto; que simplemente la dejé morir. No seré cómplice de ningún tipo de eutanasia creativa.
No es momento para hacer una “exposición de vergüenzas”, como dijo Heraclio, ni de encontrar falsas excusas. La verdad es que 2008 fue el año de la preparación y 2009 será el de los resultados, que ya empiezan a hacerse notar. Tengo muchos proyectos (qué novedad!) para este año y los venideros, y eso apacigua en parte mi alma. En verdad, si hecho la vista atrás un año, puedo ver que las cosas no son como antes. Sigo, persisto. Esta Catársis está próxima a su fin.
Quizá este es el renacer del Critiario Misantrópico, el día en el que dejará de ser exclusiva y definitivamente eso, y tomará una línea blogera más común, más heterogénea supongo. De modo que hasta nueva orden, el Criticario seguirá llamándose así, pero puede que tome otros matices diferentes.
Además aun conservo algunas entradas que escribí hace tiempo y que merecen ser vomitadas en toda regla y concisa expiación. No quiero perder mi alma todavía. Al final he escrito, sin ganas de escribir y sin ganas de repasar lo escrito. Pero lo he hecho, y ya empiezo a sentirme mejor por aquello de lo terapéutico que resulta escribir tus mierdas en una pared a oscuras, y por recordar que no dejé pasar un año sin escribir en mi blog
Los púgiles se observan instantes antes de saltar al cuadrilátero. En sus ojos, lejos de la deportividad se adivinan los ecos de un odio insano, de una demencia voraz que sólo puede ser saciada con sangre. Entre tanto, repasan mentalmente todas aquellas artimañas que han de servirles para su propósito, que han de otorgarles el poder de aplastar a su adversario sin piedad y con la mayor de las crueldades. Aquí no vale ganar si no causar el daño más atroz posible.
Esta sensación me dejó contemplar de manera anárquica diferentes momentos del famoso cara a cara. Siendo consciente de que esto causaría daños irreversibles al cerebro de un apolítico como yo, decidí arriesgarme.
Al final tuve que decidir que fue una nefasta idea. No porque no viera nada nuevo o nada que me sorprendiera, si no porque vi exactamente lo que creía que vería: Una reyerta a navajazos traperos. Con este debate se puso de manifiesto la auténtica realidad de la política que hoy se hace en este país y que no consta de otras cosas que descalificaciones pueriles y demagogias calculadas que buscan fijar en la mente del televidente mensajes clave como por ejemplo: “Usted miente, miente siempre”. Los políticos basan su estrategia en examinar actuaciones del contrario para destriparle y ridiculizarle de la manera más abyecta posible, hacer que parezca un patán falto de cataplines, seriedad y honestidad; y para ello todo vale: manipulaciones cuidadosas de informaciones pasadas, descontextualización de comunicados, y sobre todo aparentar que se tiene razón.
En un segundo análisis, más profundo quizá, me atrevería a decir que esto no es ni mucho menos un debate. Estoy más que seguro este enfrentamiento no es concebido de otra forma que como el choque entre dos monólogos cuidadosamente preparados por expertos de guerra semántica para herir de la mejor forma, además de un buen repertorio de contraataques-respuesta para evitar los envites del oponente. No hay dignidad en todo esto, ni reparo tampoco, sólo vale tratar de hundir al otro sin el más mínimo atisbo de coherencia y naturalidad en frases preparadas para ser insertadas como aguijones en el lomo ajeno.
Lo peor de todo esto es que si lo hacen así es porque saben que funciona. Porque saben que la mayoría de la gente es lo suficientemente imbécil como para creerse sus mentiras y tomar esas descalificaciones de parvulario como palabra divina, y quien no se lo crea no tiene nada más que ver uno de esos asquerosos mítines con montones de oligofrénicos babeando y coreando cada gilipollez que llega a sus oídos. Que grande tiene que sentirse uno manipulando torpemente a semejante masa de lobotomizados; cuya aproximada mitad ha de agradecer su estado al fútbol y el alcohol.
Ya para terminar y poner la guinda no hay escena más repulsivamente patética que ver a sendos mamarrachos afirmar, henchidos de fingido orgullo, que “han ganado el debate”, cosa que hace enloquecer a la panda de border-lines que lejos de tener la suficiente capacidad de pensamiento para cuestionarlo o tan sólo dudarlo, sólo saben aplaudir y seguir babeando. Además de patético ridículo, examinemos lo incoherente de la situación, pues en cualquier enfrentamiento de cualquier tipo siempre se sabe quien ha ganado, si ha habido ganador, o en que condiciones se a identificado un empate. Ir por ahí pregonando que has ganado cuando tu oponente hace lo mismo que tú sólo consigue degradar tu imagen hasta equiparala a la de un payaso de circo mediocre, al que sólo se le puede mirar sin gracia y con pena… pero claro, los oligofrénicos poco saben del pensamiento razonado…
… Trataba yo simplemente de averiguar si este debate podría ayudarme a estrenarme en esto del voto democrático, a mis ya 26 años…, y al final me ha pasado lo mismo de siempre, que incapaz de descartar al peor de esos necios, sólo soy capaz de sentir un inconmensurable y profundo ASCO.
Nos encontramos en una de esas fechas que los comerciantes, sobretodo los floristas, esperan con impaciencia: San ValeDINEROntín.
Aunque es una festividad con orígenes no comerciales, se ha convertido con el tiempo en una buena oportunidad para convencer a la gente a gastar dinero por una buena causa: El amor. Pero me resulta curioso la antítesis que se desprende de este día tan comercial, pues el amor es algo puro que se da libremente desde el corazón y el dinero esa sustancia sucia que envenena nuestra sociedad. Imagino que con el tiempo nos harán fiestas comerciales por cualquier cosa. El día del abuelo, el día del nieto, el de la suegra, el del yerno, el del amante… Miro al futuro con inquietud y me pregunto que fiestas habrá dentro de 20 años. ¡La fiesta del pollo verde! ¡Pintemos los pollos con spray color moco y vendámoslos 5 veces más caros como el símbolo de la suerte!
Por desgracia, indudable es que hoy en día se trata de un día sacadineros, y huelga decirlo pues todos deberíamos saberlo a estas jodidas alturas… “Demuestra que la quieres”, y otros epígrafes similares nos avasallan desde hace días. Pero yo capto otro matiz por el que desde mi punto de vista esta celebración (como otras) se evidencia como algo vacuo y sin sentido. ¿Por qué demostrarlo precisamente hoy? A mí juicio se trata de una manifestación sin valor, ya que carece de iniciativa propia y de la espontaneidad que hace de este recordatorio algo especial. La sociedad nos dice que hoy tenemos que regalar algo a la persona amada para hacerla partícipe de ello, como si fuéramos seres sin capacidad de elegir y razonar, sin sentimientos propios, ya que necesitamos que nos recuerden que es el día en que tenemos que demostrar nuestro amor. ¿Qué sentido tiene hacer algo que no ha nacido de tu propia necesidad para llevarlo a cabo, sino que te han instado a hacerlo? Yo creo que un sentimiento bello y sincero nace del momento adecuado para expresarlo, no de una imposición predeterminada. No puedo verlo más que como una hipocresía vil, pero lo peor quizá, es que es muy triste.
Me hastía en ocasiones el ridículo comportamiento social. Me cansa pensar cada vez que voy a una entrevista de trabajo que he de quitar mis piercings para dar una “buena impresión”, o leer en algunos anuncios de trabajo: buena imagen. ¿Pero de dónde salen estas estupideces? ¿Acaso soy menos válido por llevar mi cuerpo adornado con aceros y pinturas “indelebles” sobre la piel? ¿De dónde sale el criterio pervertido que me aliena de esta forma? ¿Me discrimina el resto por elegir un determinado estilo, o me alieno yo eligiendo algo que no está del todo aceptado en nuestra torpe sociedad?
Cuando fui a mi entrevista de teleoperador me quité los aceros. Después, ya en el trabajo y durante varios meses iba a trabajar sin ellos, hasta que un día me dije: ¿para qué? Aquí sólo me ven mis compañeros y los clientes se encuentran separados por un buen trecho de tierra antes de poder ver mi cara y horrorizarse por su propia falta de tolerancia.
Quizá por fortuna la cosa va cambiando, y si bien hace 5 años la gente miraba asustada ese pincho que llevo agarrado al labio, “el clavo”, como lo llama mi padre; bien es cierto que las reacciones de la gente parecen menos retrógradas que un lustro atrás, pues las muecas de pánico han dado paso a las sonrisas y las bromas.
Parece que hay una evolución en la sociedad, a menos que viva en un mundo de engaño por el hecho de residir en una ciudad universitaria como es Granada, en la que toda clase de ganado de todas las tribus urbanas existentes se pasea cada año por la ciudad. Pero si la sociedad parece avanzar, ¿por qué no lo hacen también las empresas? ¿Por qué exigen buena presencia? ¿Acaso eso modifica o condiciona mis cualidades o competencias laborales? ¿Trabajaré mejor si voy de traje y me pongo gomina? Y peor aún, ¿qué es eso de buena presencia? ¿En quien recae la potestad de decidir qué es adecuado para representar ese concepto de buena imagen? ¿Quién dicta estas pautas artificiales de moralina prefabricada? ¿He de sentirme mal porque soy un tatuado, o porque llevo pelo largo y perilla? ¡Basta ya señores!, seamos serios. Hagamos uso de esas facultades en desuso como son la lógica o el sentido común, y si ni por esas somos capaces de entenderlo entonces apelemos al respeto, a la no discriminación, y al trato igualitario que a modo de fe ciega nos permitan disociarnos de tanta perversión sináptica.
Cada cual es libre de tener sus gustos y opiniones y a mí poco me importa si el tío que me paga por trabajar piensa que soy ridículo, incivilizado o estúpido por llevar un aro en la nariz, siempre y cuando me escoja para el trabajo sin que mi aspecto influya para la elección. Con eso me basta.
